Reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las
etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se
transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza
personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.
Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves
dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la
alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza,
aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he
olvidado la dicha... Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar.
Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana
tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad... Bueno es esperar en
silencio la salvación del Señor».
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