La vida no sólo es una sucesión de momentos
placenteros y bonitos. Con esto, no quiero decir ni mucho menos, que tengamos
que vivir en una atmósfera de miedo e incertidumbre, simplemente tenemos que
mentalizarnos de que pueden pasar, porque forman parte de la vida.
Cada contienda, nos curte, nos hace más fuerte y, sin lugar a dudas más resistentes, al igual
que a un luchador. Salir de cada una de ellas, es una pequeña victoria a nivel
emocional y mental, son nuestras cicatrices de combate a las cuales deberemos
mirar de vez en cuando para recordar por todas aquellas batallas de las que
hemos salido “vivos”.
Evidentemente, no es lo mismo sufrir una lesión o
padecer una enfermedad leve o moderada con el hecho de perder a alguien
importante en nuestras vidas. Estas
“cicatrices”, son especiales, son aquellas que debemos lucir con
orgullo. Forman parte de nuestra alma, de nuestro espíritu, de las que un
luchador nunca se deberá separar, pues forman parte de su seña de identidad.
Un luchador, batalla a batalla mejora su estilo, su
forma de luchar, se prepara para cada vez ser más apto para las futuras
contiendas a las que tendrá que hacer frente. El espíritu del luchador no se
apaga una vez que acaba de salir vencedor de una batalla, siempre está atento y
vigilante y para ello lucha y se prepara.
Debemos estar preparados para cualquier futura
contienda y no dejarnos amedrentar por lo temible que pueda ser el rival. Un buen luchador se levanta una y otra vez,
eso es lo que define su carácter y lo convierte en un triunfador.


