Los árboles y plantas más robustas son los que
crecen en lugares desérticos, áridos, y hostiles. Son los que tienen que empujar sus raíces
hacia la tierra en busca de aguas subterráneas, creando así cimientos mucho más
fuertes. O tienen que extender su tronco
hacia arriba, buscando el oxígeno del que carecen. Otros deben expandir sus ramas para provocar
una mayor absorción del agua que viene con la lluvia. Así es el ser humano. Los ambientes hostiles, las circunstancias adversas
y las contrariedades de la vida lo harán cada vez más fuerte.
Incluso el cuerpo humano funciona bajo este
principio. Cuando está sometido qa una
gran presión debido a los ejercicios físicos, sufre una incomodidad temporal,
de dolor, cansancio y fatiga, sin embargo, el esfuerzo produce músculos mejor
formados y más fuertes.
Las tormentas, las adversidades, las pruebas
cotidianas disfrazadas de dolor, angustia, fracasos, incertidumbre, obstáculos,
problemas familiares, económicos y sociales permiten expulsar de nuestras vidas
las cosas que no nos benefician ni edifican.
Literalmente, es como el fuego que hace arder el metal precioso hasta
consumir la escoria, dejando solo lo hermoso y valioso.
Entonces a las adversidades, a las tormentas, al
terreno árido, a los obstáculos no hay que darles la espalda ni tenerles miedo,
hay que enfrentarlos y sacar el mayor provecho de ellos, porque cuando uno
quiere lo puede conseguir porque si tenemos fe Dios proveerá del valor, del coraje,
del entusiasmo hasta alcanzar nuestro objetivo final.
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