lunes, 3 de marzo de 2014
LA MEDIDA DEL AMOR
Vivir sin sufrir es vivir sin amar y vivir sin amar es morir.
El que ama se olvida de sí, arrincona su yo egoísta, para nada cuentan sus pensamientos, gustos, afectos, porque todo se desvanece ante la presencia del ser amado porque el amor es como un ladrón que nos desvalija cariñosamente de nuestros más íntimos apegos.
El que ama se olvida de sí mismo para entregarse al ser que ama, para caer en sus brazos, para hundirse en el río de sus perfecciones. El que ama hace de su corazón un reloj en el que cada segundo es marcado por “entrega y olvido” “entrega y olvido”, se olvida sí y se entrega totalmente al ser amado.
El amor no entiende de edades porque el corazón que ama no envejece, crea belleza como bella es la juventud. El que ama hace de su vida una eterna primavera y una florida juventud.
El amor verdadero forma en sí y para sí un mundo de cualidades con que cree ver siempre adornada a la persona amada. El que ama se sale de lo ordinario, de lo normal, de ese camino trillado por donde va la masa de los que vegetan, de los que calculan, porque los corazones calculadores pecan de egoístas.
El que ama purifica con las llamas del amor todas las escorias, el frío del alma ingrata, el rencor raquítico. El amor cuando es puro es como un clavo a flor de piel, cuanto más de lo golpea, más se hinca; cuanto más se hinca, más dulcemente desasosiega, y cuanto más desasosiega, más desazón se desea.
Para el corazón enamorado no hay dificultades, porque todo lo vence el amor, todo lo resuelve el amor. No hay metal que no se derrita en el fuego; no hay obstáculo que no supere el amor. Todo es posible para el que ama, porque la medida del amor es amar sin medida.
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