Cuando
somos visitados por la tribulación y la adversidad, cuando la
enfermedad nos acorrala contra las puertas de la muerte, cuando un
fracaso económico o familiar nos obliga a arrastrarnos por los suelos
con las alas rotas y vamos rodando de barranco en barranco entre la
burla y los silbidos de los enemigos y traidores hasta finalmente caer
en lo profundo del precipicio y del fango, apenas nos damos cuenta que
nuestra hora ha llegado.
Entonces desplumados e impotentes, nos
tornamos en materia prima apta y maleable en las manos de Dios. Ahora
que todas las seguridades fallaron y los pilares del sustento se
hicieron polvo, la única seguridad que vislumbramos en nuestro derredor
es DIOS.
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