Intenta cada día matar el odio,
lo intenta la ingratitud, jamás se rinde la indiferencia, porque no se trata
solo de quitar la vida con una puñalada o con un disparo, pues también mata el
mal carácter, la ambición desenfrenada y también mata la rutina. Hay muchas formas de matar: la inconsciente
madre que aborta a su hijo, padres que matan los ideales y los sueños de sus
hijos obligándolos a escoger una carrera que a ellos les agrada, a frenar y
acabar con una ilusión de amor pensando más en su conveniencia que en la de sus
hijos. Se mata cuando se blasfema contra
el amor de Dios, cuando se insulta y se calumnia, cuando se juzga y se condena
injustamente, cuando se pisotea y se hace leña del árbol caído en vez de tener
el valor de extender la mano para levantarlo.
Se mata cuando con falso
testimonio se priva de la libertad a un inocente, se mata cuando se calla una
injusticia, se mata con el engaño y el desamor.
También se mata con la frialdad de la indiferencia cuando niegas una
sonrisa, un abrazo y una caricia a quien los necesita. Mata también el explotador que no paga el
salario justo, aquel que priva del pan de cada día a sus hermanos. Mata el político con sus leyes injustas y una
pesada carga de impuestos para su pueblo.
Entonces reflexionemos, que no solo mata quien usa un puñal o un fusil
sino también nuestras malas ideas,
nuestros malos sentimientos y nuestras malas acciones. Pero también debemos meditar que no solo es
asesino el que da muerte al cuerpo sino el que también mata el alma.
Pero déjame decirte que hay algo,
que ni el tiempo, ni la distancia, ni siquiera un sentimiento de maldad puede
matar, porque ese amor es incondicional y eterno, no tiene principio ni fin,
ese algo es el AMOR DE DIOS.
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