Ayer al asomarme a la ventana,
escuché el sonido de una nave en el cielo y me puse a hacer una simple
comparación de los parecidos de aquel aparato con nuestra vida.
Pues nuestra nave se llama vida y
Dios ha sido lo suficientemente bondadoso, como para darnos a cada uno una
propia nave.
Todos somos pilotos de nuestra
propia existencia, pero lamentablemente muchos no asumimos esa responsabilidad,
quizá por miedo a tomar decisiones, tal vez por escoger el camino equivocado o
hacer una mala maniobra que nos lleve al fracaso en nuestro vuelo. Por este motivo es que a veces pasamos
preguntando a todo tripulante lo que debemos hacer y no tomamos nuestra propia
decisión, resultado de eso nos estrellamos, nos accidentamos, es decir, no
estamos satisfechos con nuestra vida, porque seguimos escuchando los consejos
de otros y cuando no estamos satisfechos con nuestros resultados es más fácil
culpar a otros de nuestros fracasos que ser responsables de nuestras
decisiones.
Este es el caso de los jóvenes
que preguntan a sus padres ¿qué debo estudiar? ¿Qué carrera me dará mayor
seguridad económica? Porque el precio de seguir los impulsos de nuestro
corazón, de tomar nuestras propias decisiones, es la posibilidad de fracasar.
Es hora de sentir la sensación de
libertad, de asumir el control de nuestra nave llamada vida, y aunque no
creamos, esto nos dará seguridad y energía interior que no tiene precio, porque
ninguno de nosotros, podemos esperar tener éxito en lo que le gusta si acepta
que otros decidan por nosotros o al hacer tan solo unos intentos. La historia está llena de hombres que
estuvieron peleando por sus ideas, y que después de fracasos temporales, alcanzaron
el éxito.
Cuando piloteemos nuestra nave no
permitamos que quien está a nuestro alrededor nos diga qué camino tomar, que
vaya más despacio o que acelere el motor, pues nosotros somos los pilotos y los
responsables de la nave, y sabemos por qué hacemos lo que hacemos y como pilotos
de nuestra vida somos los únicos que sabemos a dónde queremos llegar. Detengamos a esas personas mata sueños, y no
las escuchemos cuando quieran dirigir la nave de nuestra vida, a una velocidad
diferente a la que nosotros lo hacemos. Ellos
no conocen por qué hacemos lo que hacemos. No conocen nuestra vida, como
nosotros la conocemos. Ellos no comprenden
nuestros sueños y motivos. Observemos
que las personas que han tenido éxito, primero se escuchan a sí mismas. Hacen caso
a su corazón. Fueron tercas en
escucharse primero a ellas mismas, antes que a los demás.
No sintamos temor de fracasar al
tomar una decisión, no tengamos miedo de equivocarnos de camino porque como
dice Antonio Machado “caminante no hay camino, camino se hace al andar”.
Mientras piloteemos la nave de
nuestra existencia mezclemos la fe y la
esperanza con la persistencia. Tengamos fe en el Ser Supremo, es mu y importante en
nuestra vida porque nos da paz y serenidad necesarias cuando parece que nuestra
nave se voltea de cabeza.
Te invito a que experimentemos la
emoción de pilotear nuestra nave de la vida, disfrutemos a nuestro ritmo, a
nuestra manera y conduzcámosla hasta alcanzar las estrellas.
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