Si la perseverancia, la fe en
Dios, la vocación, la buena voluntad, son los ingredientes que forman parte de
nuestro diario vivir, ellos serán el impulso para alcanzar nuestros ideales,
para cristalizar nuestros sueños, pues recordemos que si otros han conseguido
algo, también nosotros lo podemos conseguir, pues la gracias de Dios jamás nos
ha de faltar, porque Dios no se la niega al que hace cuánto está en su mano.
Por siempre la mirada al frente,
avanzar en nuestro destino porque barquilla que no adelanta, retrocede, y no
nos dejemos abatir por los obstáculos disfrazados de desaliento, desilusión, caídas, aquella
duda solapada, aquél demoledor ¿para qué?, es inútil, no puedo perseverar…quizá
a medida que avanzamos sea detenido nuestro paso, nuestros ímpetus ardientes se
enfríen, pueda que nos cansemos e intentemos abandonar todo.
De ser así nosotros mismos
seremos los culpables de no llegar a nuestra meta por detener el fatigoso
remar, por arrimar nuestra barquilla a la orilla, por amarrarnos a lo cómodo y
olvidar contemplar el camino andado.
Pues Dios nos creó con una voluntad humana robusta, capaz de conseguir
fácilmente el bien que deseamos, es increíble el caudal de energías que Dios ha
depositado en nosotros.
El Señor no nos pide la victoria;
nos exige la lucha, el esfuerzo, pues las espigas dobles romperán después. Si no luchamos contra el desaliento,
llegaremos al pesimismo primero, a la tibieza después, quizá nos convertiremos
en pájaro que lleva pegadas con barro sus alas que nos impedirán volar. Por tanto seamos constantes en nuestro
esfuerzo y arranquemos esas inclinaciones hacia el desánimo, arranquemos las
imaginaciones de derrota, desterremos de nosotros el decaimiento en la lucha. Pues no fracasa quien trabaja junto a Dios,
ni fracasa el que trabaja con ahínco hasta alcanzar la meta que se propone.
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