Se inclinó ante sus pies como un esclavo y, así encorvado, les lavó los pies.
¡Oh incomprensible humildad! ¡Oh inefable dignación! Aquel que en el cielo es adorado por los ángeles,
se inclina a los pies de los pescadores. Aquella cabeza que hace
temblar a los ángeles, se encorva ante los pies de los pobres. Por esto
Pedro se asustó…
Después de haberles lavado los pies, los hizo
descansar bajo el árbol, que era El mismo. “Me senté a la sombra de
aquel a quien tanto deseaba; y sus frutos o sea, su cuerpo y su sangre
son dulces a mi paladar” (Cant 2, 3). Este es el bocado de pan, que puso
delante de ellos y con el cual corroboró sus corazones, para soportar
las fatigas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario