El destino implacable un día
también flageló mi vida y me rodeó como mar furioso aprisionándome como a una
isla. También tuve días grises y
nublados, noches oscuras y tenebrosas como que ser tratara de una noche
eterna. También me sentí como un velero
azotado por la tormenta, a veces me sentí dentro de un laberinto sin salida, me
sentí manejado como una marioneta por fuerzas ocultas que pretendieron cambiar
el rumbo de mi vida a su capricho.
También me sentí abatido, creí
estar derrotado luego de tantos fracasos, sentí la zancadilla que me hacía
tropezar para luego caer al suelo y quizá quedar sin aliento para
levantarme. Como grano de trigo que
tritura el molino sentí como destrozaban mis sueños para luego transformado en
polvo esparcirse en el ambiente.
También sentí la angustia de
rodar por el desfiladero como tronco derribado por el viento y la tormenta, por
la pendiente iba de tumbo en tumbo hasta llegar al fondo del abismo con las
alas rotas ante los gestos burlones y la risa sarcástica de mis enemigos.
Son tan vividas estas memorias
que muy lejos están de la magia y de la fantasía, pues habrá de saberse a
ciencia cierta que víctima fui del espejismo y de la falsa ilusión y por mucho
tiempo observé como emergían aquellas soledades como fantasmas que me
arrastraban hacia un gigantesco remolino que acabar con mi existencia
pretendía.
Ante esta tragedia, abatido aún
en el suelo, quizá mordiendo el polvo de la angustia y la desesperación, logré
comprender que no podía quedarme arrastrándome en el suelo como un gusano
miserable, a quien todos trataban de pisotear, levanté la mirada al cielo, tomé
un respiro y exhalé un grito de coraje, quizá un grito de rabia y me levanté y
regresé al camino y a caminar empecé.
No era justo quedarme en el piso,
no podía renunciar a mi dignidad de hombre, de sentirme un ser creado a imagen
y semejanza de Dios, pues el Creador no me creó por casualidad sino con un
propósito, me creó como un ideal, por tanto no podía sentirme abatido y mucho
menos sentirme derrotado, como un guerrero valiente tomé las riendas de mi
corcel y decidí volver a luchar consciente de que para bañarse de gloria
primero hay que bañarse de sudor.
Entonces decidí controlar yo
mismo las riendas de mi destino sin permitir que nadie lo haga por mí, ni el
cansancio, ni los recuerdos inútiles del pasado, ni el espejismo de un futuro
incierto. Decidí luchar un día a la vez,
en el aquí y ahora, sin claudicar, sin calcular, sin perder la fe y la
confianza en Dios pues es quien toma el timón de mi vida como barca que se
dirige al puerto terminal.
Cambié entonces mi tristeza en
gozo, las sombras fueron aplacadas por la luz, las tinieblas de la noche fueron
destruidas con el amanecer del nuevo día y con el resplandor del sol.
Desde entonces le doy un nuevo
sabor a la vida, vivo la noche con la lámpara encendida de la fe, los temores
ya no deciden por mí y quiero ser yo quien conquiste mi corazón doblegando el
orgullo, la soberbia, la codicia, las ambiciones desenfrenadas. Quiero romper todas las ataduras que me atan
al pasado para que renazca la paz y fluya en mi vida una auténtica libertad.
Ahora confío más en Dios por más
fallos que tenga, pues siento su luz como un rayo que ilumina el sendero de mi
vida. Pues Jesús es una experiencia, una
vivencia profunda, bella, pura. Jesús es
la respuesta al corazón del hombre que no acaba de encontrar lo
definitivo. Jesús es el respiro en medio
del torbellino de los problemas y adversidades que ahoga y ciegan el corazón del
hombre.
Por tanto cada vez que me sienta
abatido y me sienta acorralado como una isla por las aguas del desconsuelo, de
la angustia, del cansancio, del desánimo buscaré vehemente a Jesús, buscaré
apresuradamente a Dios porque el último eslabón de las circunstancias de la
vida lo sujeta la mano de Dios.
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