miércoles, 23 de abril de 2014

¡HAGAMOS UNA FIESTA!


Esta invitación tiene una fuerza especial pues seguramente evoca en cada uno pensamientos y sentimientos diversos. Parece venir de alguien con un corazón alegre y que tiene un motivo grande, casi una necesidad, de celebrar algo o, mejor aún, a alguien. Y es que para celebrar no basta ponerse un vestido de fiesta sino tener en el corazón una razón grande para organizar una gran celebración que, para que sea bella y completa tiene que atender tantos detalles.

La expresión bien podríamos ponerla en labios de cualquier persona con espíritu festivo, pero es el Señor Jesús mismo quien la pone en labios del padre de la parábola del hijo pródigo, para hablarnos y hacernos conocer el Corazón de su Padre y Padre nuestro. ¡Hagamos una fiesta porque mi hijo vive! (Lc 15, 23). Además nos muestra a este padre como un padre que se enternece hasta las entrañas, que corre hacia el hijo, que abraza, que besa, que quiere, sabe hacer fiesta y organizarla: ¡Es un Padre alegre y festivo que sabe celebrar el Amor!

Jesús mismo se hacen eco de esta invitación del Padre: ¡Hagamos una fiesta! Y en ella celebremos con gozo, llenos de júbilo, pues la vida misma se inaugura con una invitación a la alegría: ¡Alégrate!, le dice el ángel a la Virgen María quien, a su vez, nos enseña a responder a la invitación de Dios: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…! Y la frase de Jesús que sirve de lema, nuestra alegría deja de ser ambigüa porque la muerte ha sido vencida y el mal no tiene la última palabra en la historia.

Por eso, aun sabiendo que hay tanto mal en estos momentos en nuestro mundo, nos conforta saber que: “…donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Así pues, tenemos motivos suficientes para celebrar: ¡Los motivos de Dios! Nuestro carisma ha salido de su Corazón, nos comunica la vida y la misión de Jesús por medio del Espíritu Santo: “Él me dará gloria porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes (Jn 16, 14s). Y también nos dice María de Guadalupe, nuestra Madre: “Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo, qué más has menester?”

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