lunes, 18 de agosto de 2014

VIVAMOS PARA VIVIR Y NO PARA MORIR…



En nuestra vida feliz a veces sentimos el efecto del zarpazo en los ojos: se nos llena el futuro de tinieblas y sangra nuestra sensibilidad. Creemos morir. Pensamos echarlo todo a rodar, porque vivir en adelante sin lo que siempre amamos es un continuo morir. Pero el tiempo pasa. ¿Cuántas heridas no es capaz de cicatrizar el tiempo? Nos damos cuenta de que nada ni nadie es imprescindible en el mundo. Vemos que lo que perdimos no era nada, que teníamos una vista miope. Pero poco después acabamos acomodándonos en nuestro nuevo destino. Un nuevo zarpazo, nuevo destino, cambio de fortuna, ingratitud de amistades, desilusiones, muerte de algún ser querido. Al final el alma se da cuenta de que con tanto golpe, tanta pérdida ha ganado una verdad: no vale la pena sufrir por seres o cosas que vamos a dejar tan pronto o que nos han de olvidar tan rápidamente, llenando nuestro vacío con otros seres, con otras cosas. Y entonces cuando nuestros ojos se posan en el cielo.

Dios nos ha quitado lo que nos estorbaba para que levantemos la vista hacia Él y rezáramos: “Padre nuestro que estás en los cielos…”. Ha sido el Padre que le ha arrebatado al niño chico los objetos peligrosos que le entretenían, y sólo entonces el pequeño miró hacia arriba y vio su rostro divino: antes, no: estaba entretenido. Con este punto de referencia, llegamos a despreciar los bienes engañosos y escurridizos de esta vida, donde son mentira los placeres, la gloria y el dinero.

Que pequeña parece la tierra cuando se contempla el cielo, y esto es mucha ganancia, porque sólo mirar el cielo recoge el alma. Por tanto nuestra vida ha de ser un presente y un futuro. Un presente para trabajar y un futuro esperanzado que endulce, que aliente, que tire hacia arriba, porque si nos olvidamos del cielo todo se vuelve sufrir, reñir, matarse por la tierra. Vivamos para vivir y más no para morir, y allá en el cielo, cuando caigan los velos de nuestra carne y aparecerán los palacios iluminados de nuestro Padre Dios.

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