Las preocupaciones, el miedo, los
temores, la incertidumbre nos desgastan porque cargamos la vida en peso bruto y
desgastamos el maravilloso regalo de la vida en vano. Hay que llevar la vida con armonía, tomar los
problemas con tranquilidad en una sana convivencia con los demás y en paz
espiritual con nosotros mismos.
Hay razones de sobra en nuestro
mundo para ser felices y no vivir con amargura y dolor los cortos días de
nuestra existencia. Abrazar los hijos,
ver crecer una planta, acariciar a los que amamos, perdonar, gozar del aroma de
una flor, contemplar el amanecer, deleitarse con una puesta del sol, reconocer
las cualidades de los demás y agradecer a Dios por cada día que nos regala.
No dejemos que una pena o un problema
mate nuestra alegría de vivir, regalémonos un remanso de calma y una pausa de
silencio en medio de nuestra vida agitada y al finalizar cada día dejemos que
el sol con su luz y energía se lleve
todo rencor, el pesimismo, nuestro cansancio y el desgano por vivir de tal
forma que cuando caiga la noche nuestro sueño sea el reposo a nuestro cansancio
y un descanso reparador, recordando siempre que aunque haya presiones no hay
que sentirse presionado, si las cosas no salen bien no hay que sentirse
frustrado y aunque cada día hayan cosas que planear y preparar no hay que vivir
preocupado.
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