Las tinieblas pueblan campos y
ciudades. Se oye el eco de las aves
nocturnas que cruzan la oscuridad sembrando miedos y misterios en el
ambiente. De noche: sombras, fantasmas,
ladridos lastimeros, miedo. De pronto la
raya lejana del horizonte se colorea con una ligera claridad rosa. Dios llama al sol y éste asoma tras los
montes y colinas. Con el sol vuelve al
mundo la luz, la alegría, la vida.
A veces también en nuestra vida y
en nuestra alma es de noche de
pesimismo, de pecado, de muerte, de llanto, de tristeza, de fracasos y
derrotas, noche quizá de vanidades, de desamor o quizá de amores prohibidos,
que noche más negra nos arrastra, nos llena de miedo, entonces nos damos cuenta
lo trágico que es vivir sin Dios y sin su luz nuestra vida es una noche
perpetua.
Pero el Señor, que es bueno con
nosotros, nos grita y nos dice: vuelve a la vida, levántate, sonríe, porque yo
te amo y estaré siempre contigo. Y
recuerda siempre que a ras de tierra nada se hace: se dormita, se sueña, se
vegeta, nos pudrimos. Para obrar, para
crecer, para triunfar hay que dejar la paralela de la tierra y erguirse sobre
la vulgaridad. Entonces a levantarnos
con el trompetazo que cada amanecer Dios nos da y nos dice “levántate y anda”.
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