Mar adentro nos pide el
Señor como a Pedro, nada de orilla, nada de preocupaciones vanas, nada de
pesimismo, nada de conformismo ni mediocridad.
El Señor que nos quiere, el Señor que nos soñó se acerca cada amanecer y
nos repite: mar adentro, en la orilla, no; del montón, no; en lo fácil,
no. A lo profundo, a lo valiente porque
quien no se aventura, quien no se atreve, no pasa la mar.
En la orilla se quedan los
seres rutinarios, los que tienen miedo de darse y dar con todo sus corazón, los
que no escuchan la voz de Dios que dice a cada momento, en la orilla no, porque
en la orilla solo se quedan los cómodos, los que no quieren tener
complicaciones, aquellos que no se
sacrifican por alcanzar su ideal, pues vivir por vivir no vale la pena; navegar
en lo profundo, mar adentro donde se forja el marinero, eso sí vale la pena.
No esperemos grandes logros
entretenidos con nuestra vida cómoda, levantándonos cuando el cuerpo está
plenamente satisfecho de adormitar.
Entonces de hoy, mar adentro como manda el Señor, ni muchedumbre, ni
orilla, ni en lo fácil, ni en el montón.
Mar adentro, a lo difícil, a lo valiente. Dios nos ha escogido para mucho y no quiere
que nos perdamos en la nada.
Porque la vida es una casa
de banca, donde hemos de hacer producir el capital que Dios ha puesto en
nuestras manos. Pasar el tiempo inútilmente,
sin obrar el bien, es imitar al siervo perezoso que enterró su dinero.