No te consumas en impaciencias
perjudiciales, no quieras alcanzar la cima a la carrera, ni pretendas limpiar
los defectos del tu alma en dos días, no caigas en la tentación de la pereza y
del atolondramiento…avanza en paz, de hora en hora con abundancia de bien, para
que las cosas salgan bien se necesita de paciencia, de saber esperar, aunque
sea difícil en la vida tanto física como espiritual, sobre todo hoy, que el
dinamismo moderno ha desatado nuestros nervios.
Hoy no se dice; “Esperad aquí
velando, orando…”hoy se dice corre, trabaja, que el tiempo es oro y el oro da
poder y el poder permite gozar. Hoy
todos tenemos prisa; y como vemos volvemos a caer, adelantamos poco a pesar de
la prisa que llevamos, no se nota nuestro esfuerzo, no sabemos esperar, nos
desalentamos, nos cansamos y nos vamos.
No tengamos tanta prisa, como no
la tiene Dios. Diez días tardó en
sobrevenir el Espíritu Santo; nueve meses tardó en formar al Mesías en el seno
purísimo de María; miles de años tardaron en llegar a la tierra prometida los
justos del Antiguo Testamento.
No tengas prisa, como no la tiene
Dios; espera no te asustes. Nada embota
tanto la acción en nuestros corazones como la impaciencia humana, como los
nervios desatados, el atolondramiento y entonces cuando el alma se ausenta de
su castillo interior, llega el Espíritu de Dios y como nos encuentra ausentes
de nosotros mismos, no nos puede sobrecoger con su fuego como a los apóstoles y
trocarnos.
Cuantas veces habrá tenido que
exclamar el Señor ensombrecido: “Lo siento por ti, corazón disipado, ya he
venido varias veces y tú no supiste esperar.
Como no conseguiste inmediatamente lo que pedías, te fuiste. No supiste esperar; para otra alma guardaré
el regalo mis mejores gracias”.
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